miércoles, 26 de octubre de 2011

Cuenta regresiva a la sala de parto


Uno tendería a pensar que ya estrenado como padre de familia, la llegada del segundo hijo es un vuelo sencillo, de ruta conocida y con una intensidad menor a la de aquella primera vez.

Error.

Esta semana empezó la cuenta regresiva para la llegada de Luciana, nuestra segunda hija. Y la procesión que uno lleva por dentro no es jugando.

En estos trances los hombres somos actores de reparto, pues así lo dicta la naturaleza. Cierto que estoy cansado, estresado, ansioso y con más nervios que un bistec barato pero mi versión palidece, y por mucho, en comparación con lo que le ha tocado pasar a Mónica. Macha, en serio que me quito el sombrero.

Al igual que cuatro años atrás –cuando vivimos la llegada de Emma– hoy no dejo de impresionarme por la titanada que implica para las mujeres el embarazo. No, uno como hombre no puede entender del todo lo que implica irse despidiendo de la ropa favorita a medida que el vientre se expande; uno no sabe lo que es caminar con los pies hinchados por la retención de líquidos; uno como hombre no alcanza a comprender lo que se siente el que "la espalda se abra", el que los olores otrora habituales se tornen insoportables, o el que los pechos cambien en preparativo de su verdadera razón de ser (biológicamente hablando).

El ginecólogo –rostro frecuente en los últimos meses– nos dijo que ya estamos a pocos días. La inmensidad de esta emoción es brutal y el pecho se me hace pequeño para contener a un corazón que se quiere salir. Sé que Luciana está ahí adentro, la he sentido, sus patadas y movimientos dentro del vientre materno se notan ya a simple vista. Pero de eso a ya verla con mis propios ojos, ahí está el detalle. ¿Cómo será?, ¿de qué color será su pelo?, ¿y los ojos?, ¿dormirá mucho?, ¿será alegre?, ¿irá a la U?, ¿le gustará la salsa o el punk?, ¿cuando sea grande me dirá algo tan duro que hará que irremediablemente la visualice como una bebé vulnerable a todo?

Los días previos a la llegada de un hijo uno se torna un ser bastante instintivo, que actua más por naturaleza que por razón. Sé que en el trabajo no he puesto tanta atención como se esperaría y que mi nivel de tolerancia a la frustración no está de buenas. Y es que cuesta en paleta: la cabeza está puesta en el futuro, tanto en el corto como en el largo plazo.

Hoy que veo a Emma elaborando discursos bastante elocuentes, gastándome bromas y haciendo su versión preescolar del parkour entre los muebles de la casa, me acuerdo como si fuera ayer cuando soltó su primer grito, aún con manchas de sangre en la cara y terramicina en los ojos. Son casi cuatro años que literalmente nos pasaron por encima... es con la paternidad que uno al fin entiende lo relativo que es el tiempo.

La próxima semana podre alzar a mis dos hijas, verlas juntas y encontrar sus diferencias y similitudes. Creo que estoy totalmente justificado para pensar, por ahora, solo en esa maravillosa célula que es la familia. No tengo cabeza para nada más.

Hoy más que nunca agradezco cada segundo que mis papás me dedicaron. Tener hijos es fácil, naturalmente la mayoría está capacitada para hacerlo. Sin embargo, quedarse a su lado, educarlos, aguantárselos y echarlos para adelante es una misión, una empresa de proporciones épicas. Y mis papás lo hicieron bien, muy bien, y hoy que sé que tantas cosas pudieron salirles mal en el camino, no puedo menos que agradecerles el que se partieran el lomo por nosotros.

Es tanto lo que se siente en estos trances y tan pocas las palabras para expresarlo. Por segunda vez en mi vida volveré a vestirme de verde y cámara en mano entrar a un quirófano para ver cómo se llenan por primera vez de aire los pulmones de una persona con la mitad de mi código genético, con mi apellido, con mi sangre. Y nada, nada en el mundo, se equipara a la inyección de adrenalina que se vive la primera vez que uno carga en brazos a un hijo.

Hace cuatro años, en su primera hora en este mundo, bañé a Emma en lágrimas... y Luciana va por el mismo camino.

sábado, 15 de octubre de 2011

Un jueves de choques y pantalones rajados...



No soy un carajo superticioso pero el jueves pasado en serio valoré darme un baño en la pileta de agua bendita de la Basílica de Los Ángeles.

El que la fecha fuera 13 me parece solo una cruel coincidencia, la menos significativa de muchas que se me atravesaron en el camino ese día. Aunque salí bien temprano ("mañaneando tempranito", decía Chema), las calles heredianas no ayudaron mucho: el "flujo" (que no fluía) vehicular parecía enyesado por lo que, al igual que todas las mañanas, me dispuse a avanzar a pura primera, de a poquitos y haciendo gala de mi (poca) paciencia.

Cruzar el semáforo de Paseo de las Flores en las mañanas es una prueba salida del libreto de The Amazing Race. Son más de 500 metros de fila en la que uno mastica maldiciones contra los audaces (según ellos) que, a contravía, procuran saltarse la cola y hacerse, a la brava, un espacio al puro frente, justo un microsegundo después de que la luz pasó de rojo a verde.

Verde. Los carros empiezan a moverse... me faltan como 50 metros para el cruce y es evidente que tendré que esperar al próximo ciclo del semáforo. El de delante se mueve, yo meto primera y justo en lo que piso el acelerador, a mi izquierda, con el rabo del ojo, veo venir un carro que trata de adelantarme y ocupar los tres metros de aire que me anteceden.

El choque fue inevitable. Más que un choque fue un beso, con aquel Toyota restregándole el costado derecho a la parte delantera izquierda de nuestro carro. No alcancé a avanzar ni medio metro. El sonido del plástico al quebrarse fue espantoso. Llevé a mis labios la peor maldición que pudiera decir (soy bueno para eso)... y me la tragué: no venía solo.

En mi vida de conductor me he visto involucrado en tres colisiones, ninguna de mi responsabilidad. Cuando aún vivía con mis papás, un joven médico me arreó por detrás en el cruce de la Panasonic, a altas horas de la noche. Me comió la pollada, no supe bien qué hacer y acepté la oferta del imprudente de no llamar al tráfico y arreglar todo por las buenas. Esa noche llegué a la casa con el carro de la familia chocado y mi papá ardió en cólera, lo cual era lógico. Afortunadamente el chocón apechugó y pagó la reparación del bumper.

Años más tarde, a 300 metros de mi casa, en San Francisco de Heredia, un animal se olvidó de usar los frenos y se estrelló contra la parte trasera de nuestro carro. Yo lo vi venir y, dado que era el último en una presa, solo acaté a agarrar duro el volante, apretar los dientes y cuadrarme para el pichazo. Y fue un pichazo. El idiota llevó la peor parte: andaba en el carro de la hermana, no usaba cinturón, su cabeza transformó el parabrisas en telaraña. Esa vez sí llegó la policía, el INS y por espacio de casi un año tuve que perseguir, acosar y amenazar a aquel maldito con tal de recuperar el deducible. Además, el estúpido de atrás nunca se enteró que esa tarde era mi graduación de maestría, a la cual me obligó a ir sin rasurarme y pagando taxi desde Heredia hasta San Pedro. A Dios le pido que el tal Max ya no tenga licencia... no se la merece.

El jueves pasado me volvieron a chocar, solo que esta vez Emma iba en el asiento de atrás. No nos pasó nada (creo que ella ni sintió el golpe) pero para mí fue insoportable el que alguien, por mera irresponsabilidad disfrazada de premura, hubiera puesto en riesgo a mi hija. "Papi, ¿qué pasó?", recuerdo que preguntó mientras yo enfocaba toda mi furia hacia el carro que intentó clavarse delante nuestro.

Hoy, con la cabeza más fría, lamento mucho de lo que le dije a la señora, a pesar de que la razón estaba de mi lado. La responsable iba atrasada para una reunión –a la cual de todos modos no llegó– y eso la impulsó a brincarse toda la fila del semáforo, con la pésima suerte de terminar estrellándose. Me reconoció que era una estúpida y le di la razón. Creo que le dije imbécil, no estoy seguro. Perdí la cordura y mostré mi peor faceta, esa que todos llevamos dentro, dizque escondida, y que estalla cuando nos llevan al borde.

La espera de los inspectores (el de tránsito y el de seguros) nos permitió ser el platillo visual de los miles que iban saliendo de Heredia. No, no se siente bien ser uno el protagonista del choque. Estamos acostumbrados a ser nosotros los testigos, los que frenamos para echarnos el rollo, que hacemos conjeturas sobre quién tuvo la culpa y en cuánto saldrá la torta.

Afortunadamente todo se resolvió bien: la señora no se escondió y asumió lo que le tocaba, el carro está en el taller y yo he imitado al papá de Mafalda, contando una y otra vez los detalles del percance. Aún tengo leves brochazos en mi memoria de una vez que a mi papá lo chocaron a la par de la iglesia de Zapote, cuando yo tendría unos 6 años y andábamos en un Fiat Polski, en una época en la que los cinturones no eran obligatorios y a los chamacos no nos amarraban a busters. Dudo que Emma vaya a recordar algo de su estreno en las estadísticas de colisiones de tránsito, una en la que ella mantuvo la cordura que le faltó a su papá.

Y sí, está bien, chocar es gacho pero, ¿por qué tanta lloradera al inicio del texto si no hubo una racha de mala suerte? Insisto, el que fuera fecha 13 es coincidencia pero uno no puede dejar de cuestionarse por qué putas el mismo día que a uno le chocan el carro también se le raja, de cabo a rabo, su jeans favorito (en un episodio aparte). Al  oír el característico sonido de la tela al rasgarse y sentir una corriente fría que entraba por donde no debería, fue inevitable preguntarme cuál fue el pie que puse de primero al bajarme de la cama.

Dado que un carro chocado y un jeans rajado en el trasero son anécdotas y hoy pude llevar a Emma a su clase de natación igual que todos los sábados, estoy seguro que ese jueves 13 me levanté con el pie derecho... y estoy agradecido por ello.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Capmany 10: sus 10 mejores canciones



Inoportuna, como siempre, la muerte se llevó a Jose Capmany justo cuando su ya extensa carrera alzaba vuelo en la dirección que él quería. Fuimos los demás quienes atestiguamos su paso a la categoría de leyenda, no por haber perdido la vida de manera prematura, sino porque su obra se sostiene sobre los hombros de un artista gigante.

El 13 de octubre del 2001 el rock tico recibió un golpe demoledor: el roquero más roquero que existió murió en un accidente de tránsito, en el Cerro de la Muerte, y su cancionero de folclor urbano costarricense quedó inconcluso, a la espera de no sé cuántas más buenas piezas que estaban en el tintero, prestas a  que Jose les diera voz y fuerza.

Si bien por mi trabajo he logrado entablar buena amistad con muchos músicos locales, con Capmany no pasé de un trato profesional. Bueno, aunque ni tanto, pues siempre fui fan de su música, siendo Café con Leche el primer grupo de rock que vi en vivo, en un ya lejano 1989, en el gimnasio del Liceo de Curridabat.

Antes de ingresar a la prensa, tuve un paso breve por Radio U, emisora universitaria de la que Jose era visitante frecuente. Recuerdo muy bien un episodio en que mi "jefe" de entonces, el crítico de música y productor Alberto Zúñiga, discutía con Jose por las cuñas que él grababa para unos chivos que daba en el finado bar Patagonia. Las cuñas eran voladísimas, con Jose casi que recitando un poema para invitar a la gente a su espectáculo. Yo, al margen, gocé bastante su argumentación.

Ya en mi oficio de reportero, varios fueron los conciertos de Capmany que cubrí, siendo el más memorable el del 18 de setiembre de 1999, en el Auditorio Nacional, que sirvió de base para el disco Canciones cotidianas y cuya crónica publiqué en Al Día. Cuando pasé a La Nación lo entrevisté un par de veces, incluyendo cuando el CC vio la luz.

Me tocó cubrir su funeral, del cual al final en el periódico solo salió una foto. En Vuelta en U la junta de un buen poco de fiebres de la música local permitió que le dedicáramos buen espacio a la obra de Jose, llegando al punto de que el Canciones cotidianas ganó la encuesta que hicimos en el 2008 sobre los 100 mejores discos del rock tico.

La última vez que escribí de Capmany a fondo fue en marzo del 2009, a propósito de los malos oficios de Sony Music, empresa de la que Jose tenía los peores recuerdos y que, sin embargo, buscó hacer negocio con la reedición del CC.

Mañana, 13 de octubre, se cumplen 10 años de ausencia física de Jose Capmany. Y sí, en lo personal lo echo de menos: sus espectáculos eran únicos e irrepetibles, con repertorios llenos de sorpresas y habladas.

Su obra no tiene rellenos ni piezas flojas. Sin embargo, si de escoger las 10 que más me llegan se trata, esta es mi selección.

¡Arriba, Jose!

10. La historia salvaje

A pesar del playback, de las güilas bailando horrible, de Nancy Dobles haciendo feo en extremo, a pesar de A todo dar, Jose roqueó La Carpio en esta presentación.



9. Guantanamera

El cubanísimo cover de Café con Leche. Lo escuché por primera vez en mi walkman, mientras estudiaba en la biblioteca de la UCR, en 1994. La gente alrededor mio no entendía por qué estaba cagado de risa...



8. Un lugar

El gran éxito de la etapa solista de Jose. Puro optimismo, algo que a él le sobraba.



7. Oiga pito

Rock con enjache, legítimo In your face. Felicitaciones para el autor del video: quedó como anillo al dedo
.


6. Vas a encontrarme
Otra pieza enjachadora, en la mejor vena roquera de Café con Leche. Aún no entiendo por qué en el video Richie Nieto sale de espalda...



5. Mundos pequeños

La power ballad de Jose: demoledora...



4. Maletón

El legítimo folclor urbano costarricense, como el mismo Capmany clasificó esta canción.



3. Al final

La versión del 2001 de este tema es una obra de arte. Lástima que se editó de manera póstuma.



2. Si te veo

La mejor pieza del Un día cualquiera. La escuché varias veces en conciertos de Semana U, incluso con Mauricio Pauly como bajista y en los coros.



1. Hombre

Poema de Jorge Debravo musicalizado por Jose y que siento que lo retrata como artista, como persona...
como hombre.

lunes, 10 de octubre de 2011

Doña Laura, no se "pachequee"



Laura no está, Laura se fue, Laura se escapa de mi vida...

No importa que la suya sea la más alta e importante silla de Costa Rica: Laura Chinchilla no está a la vista.

Sí, está bien, la Presidenta acaba de ser operada y guarda reposo. Lo malo es que parece que ha guardado reposo desde que asumió la Presidencia, sin mayor presencia o peso en las decisiones que, para bien o para mal, se toman en el país.

Cuando acepté que era inevitable que doña Laura ganara las elecciones, empecé a verle el lado amable a su designación. No me tragué la pancarta de "firme y honesta" pero siempre la tuve como una mujer plantada, que no aguantaba mucho y que sabe hacerse oír. No sé si era infundada pero esa fue la imagen que guardé de ella durante su anterior servicio en otros cargos públicos.

Sé que aún creo, en lo más fondo de mi alma, que doña Laura no quiere ver los toros desde atrás de la barrera. Por eso, no entiendo esa "estrategia" de no hacerse oír, de no hacerse notar, de ver cómo los meses pasan de lejos, como contando los días para que termine esta embarcada en la que otros la metieron.

No quiero que doña Laura se "pachequee". Abel Pacheco es un señor buena gente pero su paso por Zapote fue un completo desperdicio, cuatro años de limbo en que el no nos movimos para ningún lado. Y no quiero que la primera presidencia de una mujer costarricense sea recordada en iguales términos.

A doña Laura me gustaría oírla opinando, dando su criterio, su punto de vista, ojalá comiéndose la bronca, con todo lo que eso implica. Sé que tiene posiciones muy personales sobre temas como la fecundación asistida, las uniones civiles entre personas del mismo sexo, la causa palestina y quisiera oír lo que tiene que decir al respecto. Es probable que no estemos de acuerdo pero para respetar sus posturas primero quiero conocerlas.
A doña Laura me gustaría verla volando fajazos, mandado para la casa a tanto choricero-mediocre-vagabundo que abunda en su administración. Doña Laura no ha destituido a nadie, todos le "renuncian", aunque sobran exfuncionarios de su entera confianza que se la pelaron suficiente como para que los hubiera echado con tremendo escarnio público... eso es lo que la gente espera de sus líderes.

A doña Laura me gustaría verla recuperando el control de la fracción legislativa oficialista, siendo ella la referente para la toma de decisiones. A doña Laura me gustaría verla con el sartén por el mango, controlando el país, imponiendo su ritmo... dándonos motivos a todos los abajo de quejarnos, de tildarla de mangoneadora, de gorrera, de impositiva.

A doña Laura me gustaría verla respondiendo preguntas, sin escudarse de un aparato de comunicación oficial hecho para blindarla de cualquier molestia (y regañando a su guardaespaldas cuando mandé a volar periodistas). A Doña Laura me gustaría verla de nuevo en las redes sociales, como tan bien lo hizo en la campaña, hablando con la gente, brincándose a los molestos intermediarios que le alteran el mensaje.

A doña Laura me gustaría oírla quejándose de que la platina es una mierda, me gustaría verla metiendo mano de verdad en esa tragedia nacional que es la CCSS, me gustaría que se le quite la maña de "no buscar culpables"... ¡Claro que hay que buscar culpables! Y cuando los encuentre, me gustaría que les pida cuentas de por qué hicieron las cosas mal y cómo repararán su daño.

A doña Laura me gustaría verla de nuevo... eso, para empezar.