miércoles, 2 de abril de 2014

Mundial Sub-17 Femenino Costa Rica 2014: Las lecciones de Emma



Para Emma hasta hace unos días, el futbol había sido un deporte muy de hombres. Y, lo admito con mucha pena, para mí también.

La realización en Costa Rica del Mundial Sub-17 Femenino nos tomó por sorpresa, a ella, a mí y a buena parte del país. Desde luego que sabíamos que el Mundial de las muchachas venía hacía rato, pero poca fue la atención que le prestamos entonces, siendo hasta que los equipos extranjeros aterrizaron acá y la Fifa tomó control de los estadios que muchos caímos en cuenta de que aquello iba en serio.

Previo al Mundial de Costa Rica 2014, el futbol femenino había sido invisible para el gran público tico. El que la liga local de mujeres sea casi desconocida no debería sorprendernos en un país cuyos principales intereses deportivos se limitan a cuatro o cinco equipos de futbol masculino, y a menos de una decena de atletas que destacan por su cuenta en disciplinas individuales.

¿Cómo se llaman los equipos de futbol femeninos del país? No tengo idea. ¿Referentes que recuerdo? Unas pocas: Karla Alemán, Jaquelin Álvarez, Mónica Malavassi, Shirley Cruz, todas futbolistas valientes y que aguantaron los prejuicios y chistes propios de querer triunfar en un deporte para el que, según el estereotipo, se requiere de bolas colgando en la entrepierna.

El caso de Shirley no puede ser más irónico: sus éxitos en Europa eclipsan cualquier logro alcanzado por algún futbolista varón costarricense y, sin embargo, acá no le damos el protagonismo que sí le conferimos a los Navas, los Ruiz o los Borges. Shirley no fue estrella en el terruño, no la vimos jugar, no le dimos el placer de tener a un estadio lleno de ticos aplaudiéndole.

Por eso, lo sucedido con las muchachas de la Sub 17 me tiene pensando desde hace días: ¿será que en serio podemos ser así, aficionados de los buenos?

El sábado 22 de marzo Emma y yo nos enchaquetamos para ir al estadio Saprissa y presenciar el tercer y último partido del equipo anfitrión. Y si bien el simple hecho de asistir a un partido de un campeonato mundial oficial de la Fifa ya hacía aquella noche histórica, mi principal intención era enseñarle a mi hija de 6 años que las chicas pueden jugar lo que sea, lo que quieran, lo que las haga felices.

El estadio morado estuvo lleno esa noche. Y ahí empezó lo extraño, lo insospechado: una afición colma un estadio para ver jugar a un equipo eliminado. Y no solo eso, sino que lo aplaude, apoya y motiva a lo largo de los 90 minutos, a pesar de que la calidad de su juego es muy inferior al impulso que sale desde las gradas.

Porque sí, es cierto e innegable: la Selección Sub-17 de Costa Rica es de las peores del Mundial. Acá hablo del plano deportivo, de su desempeño en la cancha. Tres partidos perdidos y solo un gol anotado son el saldo estadístico de un grupo que se partió el alma, que lloró a rabiar cada gol en contra, que peleó con lo que pudo y que nunca bajo los brazos. Y eso no se mide con números.

El segundo gol de Zambia (autogol de Costa Rica, en realidad) fue el fiel reflejo de lo anterior: la portera tica pifió horrible un pase de la defensa y la bola entró en cámara lenta al marco. De haber sido un partido de hombres al arquero de turno lo habrían sacrificado en un altar de indignación, mientras su familia recibía suficientes maldiciones para heredarle a las tres próximas generaciones (ahí anda Hermidio Barrantes aún pagando el castigo de Doña Rotunda). Sin embargo con Yuliana Salas no fue así: su error fue enorme pero más grande fue el apoyo que le dio la grada, todos le aplaudimos, le gritamos que no se achantara, que tranquila, que entendíamos, que estábamos con ella.

Y así fue con las demás muchachas de la Sele: a varias se les notaba que las piernas ya no les daban, que la técnica las había abandonado, que la desconcentración las tenía abrazadas. Y sin embargo, el público no bajó los brazos y les pidió más, dar el último esfuerzo, pulsearla una vez más. Perdón por seguir por la comparadera pero en un partido de hombres la gente habría empezado a abandonar el estadio mucho antes del pitazo final, entre madrazos y promesas de no volver a apoyar a ese perrerío. Y es que, en ese mundo bizarro del futbol, insultar con la palabra "perra" es "normal" si se le dice a un varón pero no a una mujer.

Juan Diego Quesada, a pocos metros de la boca del león.
Aquella noche más cosas increíbles pasaron: todos aplaudimos a una muchacha de Zambia que salió lesionada y en camilla; todos aplaudimos el gol del empate de las africanas; todos respetamos el himno del país rival; todos nos abstuvimos de hacer chistes sexistas...

Tampoco se crean que la noche estuvo libre de madrazos. Yo ya le había advertido a Emma que en el estadio iba a escuchar muchas malas palabras, que no pusiera cara de susto pero, para mi sorpresa, los hijueputazos tardaron en caer. Fue ya cuando la derrota era inminente que la grada se dejó ir con los insultos contra dos blancos fáciles: el entrenador Juan Diego Quesada y la árbitro, a quien su condición de mujer no la libró de los ataques propios de su oficio. Fueron algunos hombres quienes, de modo algo tímido, empezaron con el "hijueputa, hijueputa" cuando los errores de la central ya eran montón. La voz del madrazo se hizo robusta y al final eran muchas las señoras y muchachas que le mentaban la madre a grito pelado a la referí.

El otro "premiado" fue Quesada, sobre cuya espalda cayó toda la ira del aficionado. Creo que por la cabeza de nadie pasó la idea de insultar a alguna de las muchachas de la Tricolor por el pésimo partido que estaban jugando, pero al entrenador nadie le tuvo misericordia. No quiero defender a Quesada –un director técnico que pierde tres juegos mundialistas consecutivos deja mucho que desear– pero sí llamar la atención sobre lo sin asco que la gente lo trató, no sé si por su puesto o su género o por la combinación de ambas. Además, en una torpeza enorme de parte de Fifa, al final del juego el DT tico dio declaraciones muy cerca de las graderías, y ahí la gente se dio gusto insultándolo a muy pocos metros de distancia.

Aún así, puedo decir sin temor a equivocarme que ha sido el partido de futbol más civilizado –de parte de la gradería– que he visto en mi vida. Camino al parqueo, mientras consolaba a una Emma inconsolable que lloró la derrota tanto o más que cualquiera de las muchachas de la Sele, muchas preguntas me saltaron: ¿será que podemos evitar decirle "perra" a quienes juegan futbol, más allá de su género? ¿Será que podemos ir al estadio y aplaudir a la Sele masculina o a Saprissa o Carmelita sin importar el resultado, sin importar que pierdan, pues les reconocemos la entrega y la voluntad por encima de los goles marcados y/o encajados? ¿Será que podemos dejar esa maldita práctica de chiflar e insultar los himnos de otros países? ¿Será que podemos no ser mezquinos con el rival y respetarle por lo que haga bien, aunque eso no favorezca nuestros intereses?

El ejercicio lo empecé en casa, pues recuerdo que en la eliminatoria a Brasil 2014 disfruté más las penas del equipo mexicano que los méritos de nuestra Sele. Me relamí los bigotes con cada colerón de David Faitelson, cada desgracia del Chepo de la Torre, por cada mal remate del Chicharito. Y en el momento lo gocé, vaya que sí, pero ahora me parece bastante patético.

Pienso en que este Mundial Sub 17 Femenino nos dejó muchas lecciones a los aficionados. A mí me mostró que sí se puede ir al estadio, llevar a los niños, aplaudir como los grandes sin importar el resultado y no irse masticando maldiciones de vuelta a casa. Me enseñó que deberíamos darle más valor a la entrega, a las ganas, a el alma partida, a las lágrimas, al esfuerzo del que sabe no tiene con qué ganar pero igual no tira la toalla.

Eso y más me lo enseñó una niña de 6 años que, en su primer partido en un estadio, aplaudió, grito y empujó a su equipo sin fijarse en los números del marcador. Una niña que hoy cree que Gloriana Villalobos es la mejor futbolista del mundo y que quiere conocerla, pedirle su autógrafo, tomarse una foto con ella. Una niña que en su primer contacto con el futbol entendió que en el deporte se puede sufrir pero es mejor gozar.

Gracias, Gigi.