lunes, 15 de julio de 2013

Dios es amor... y a Hugo Barrantes se le olvidó


Hugo Barrantes se despidió de su puesto de arzobispo josefino a lo grande, logrando titulares en muchos medios extranjeros, gracias a una virtud bastante cristiana como es la honestidad. Sí, el líder saliente de la iglesia católica costarricense abrió su corazón y se retrató de cuerpo presente como un machista al que no le molestan mucho las lesbianas pero que no se baja a los homosexuales.

A nadie extraña que un obispo se oponga de modo público a cualquier reconocimiento de derechos para las parejas homosexuales: tratar de frenar la aceptación social para esa población es parte del trabajo sacerdotal, sea desde una pequeña parroquia de barrio o bien desde los palacios vaticanos. Desde luego que no todos los curas ejecutan el mandato y muchos son los que ocupan su tiempo y homilías a causas más justas y necesarias de atención.

Sin embargo, desde que asumió el arzobispado, Hugo Barrantes se fajó con el tema. Él y otros colegas obispos dados a salir en las noticias como Francisco Ulloa y Ángel San Casimiro emprendieron la batalla, no solo contra la causa gay, sino contra otros temas sensibles para la institución que representan, como la legalización de la fecundación in vitro o la enseñanza de sexualidad en las instituciones educativas. E insisto: era justo lo que se esperaba de ellos.

Después vinieron los escándalos de intermediación financiera ilegal; curas acusados de pedofilia; la exitosa instrucción de las clases de educación sexual por parte del MEP; la victoria legal que obligó al país a restituir la FIV, y la mayor visibilidad de la comunidad GLBT en nuestro país. Lógicamente, aquellos señores de la Conferencia Episcopal bajaron (un poco) el perfil mediático.

Sin embargo, la memoria es corta y más en un país tan feliz como el nuestro. La elección de un nuevo papa, salido de Latinoamérica, le cayó como una ola de agua bendita a la iglesia católica tica y, para redondear, la santidad de otro papa, el más popular de tiempo recientes y muy querido por acá, le llega gracias a un milagro ocurrido en nuestro país. La conferencia de prensa de la señora Floribeth Mora –seguida en vivo por millones de ojos emocionados– fue la confirmación de que las cosas marchaban otra vez a todo gas para el clero nacional.

Y fue precisamente en esa conferencia que el arzobispo Barrantes volvió a hacerse oír. Aquel foro le resultó irresistible y se valió de él para decir que el milagro era una señal de Dios contra el estado laicista y la FIV. Eso sí, el prelado evitó referirse ahí mismo a que la FIV ya es una disputa cerrada, sin vuelta de hoja, y que su implementación debe ampararse bajo la ley... ¿para qué enredar a la gente con esos detallitos?

Menos de una semana después, Hugo Barrantes hizo, en una entrevista con La Nación, el despliegue de honestidad con que empieza este texto. Recordando su origen campesino, el que fuera la voz más autorizada del catolicismo costarricense expuso sus razones para preferir a las lesbianas por encima de los gay ("son más nobles"), y confesó –tremenda sorpresa– que la idea de dos varones juntos, a él le provoca una especie de colocho mental.

El obispo Barrantes, sin quererlo, me recordó las tardes de cine porno que, al igual que miles de adolescentes ticos, viví tiempo atrás. En aquellas películas era lógico y esperable contar con innumerables escenas de sexo entre lesbianas pero todos los chamaquillos queríamos vomitarnos si ante las cámaras se daba un contacto, aunque fuera involuntario, entre dos hombres. Porque sí, al igual que al arzobispo, a muchos hombres heterosexuales nos resulta más fácil y "natural" lidiar con la imagen de mujer+mujer que hombre+hombre.

El arzobispo lo dejó claro, así, en dos platos: a los gay de larguito y a las lesbianas no tanto. Y en el fondo se le agradece que sea así de transparente, anteponiendo sus prejuicios y fobias "campesinas" a la nobleza y piedad que, por definición, se esperaría de alguien en su cargo dentro de una institución cuyas bases se plantaron más de 2000 años atrás en nombre del amor y el respeto a todos los seres humanos.

No hace falta andar pandereteando para recordar el principio más básico del cristianismo: Dios es amor, y el suyo es uno que no aplica restricciones. El amor no se puede dar sin respeto ni tolerancia a las diferencias, en la medida en que estas no se sustenten en el odio (nadie está obligado a amar a un neonazi, por ejemplo). Y con sus declaraciones, Hugo Barrantes no solo demuestra una profunda falta de tolerancia, sino un irrespeto absoluto hacia otras personas cuyo estilo de vida no encaja con su concepción machista del mundo.

Partiendo de lo que sé de Jesús, creo que las palabras del arzobispo Barrantes le darían pena ajena.

¿Algo bueno queda de esto? Pues aparte de la cucharada de realidad para todos los que estiman que el clero solo destila amor y bondad, también está la satisfacción de saber que es lo último que escucharemos de un cura que la mayoría podrá llamar monseñor pero yo no: ese señor no es nada mío.

Escuchen este testimonio de Barrantes, compárenlo con sus recientes declaraciones, saquen sus conclusiones...


martes, 2 de julio de 2013

"Man of Steel" y de cómo volví a creer en Superman



La madre, preocupada, teme que su único hijo sea visto por los demás como un bicho, un extraño. El padre la tranquiliza, asegurándole que el niño superdotado más bien parecerá un dios en su nuevo destino.

Bien lo dijo Five for Fighting: no es fácil ser Superman. Y es precisamente sobre el enorme peso de llevar una S en el pecho que versa Man of Steel, película que espero a estas alturas ya tengan más que vista, pues las alertas de spoilers solo se entienden en la primera semana de proyección.

Con justificada razón Man of Steel estaba en el tope de mi lista sobre los filmes más aguardados del 2013, y no por tener una especial afición con el héroe de la capa roja. No, en mi caso la expectativa se alimentaba de otras motivaciones: empezando con el enorme reto de relanzar una franquicia que casi muere en manos de Bryan Singer y pasando por la confirmación de que buena parte del futuro del universo cinematográfico de DC Cómics depende del desempeño de esta cinta.

Además, cómo obviar que se trata de la primera película en cuyos créditos coinciden los apellidos Snyder y Nolan.

Y sí, estamos claros en que no es una película que le cambie a uno la vida y es obvio que se queda corta frente a otras adaptaciones de cómic que han sido magistrales, como The Dark Knight o Watchmen. Sin embargo, estamos ante una gran película, justo de la talla que un tipo como Superman requería.

A mí Man of Steel me encantó y disfruté todas sus partes: la obligatoria más no molesta introducción de Kriptón; la angustiosa búsqueda de identidad por parte del joven Clark; el descubrimiento de su nueva profesión, y la megabatalla por el destino de la Tierra contra Zod, una pelea a puños que se lleva el premio a la más apocalíptica, más exagerada, una que hace palidecer los pleitos de Transformers y Avengers. Y es que no podía ser de otra manera, pues cualquier confrontación que al hombre de acero llevada a un plano "real" sería la destrucción en su estado más puro. Ojo a la explicación –muy científica– de que nos pasaría en el caso de que Superman nos dé un golpe en la cara.




Desde luego que no se trata de The Dark Knight y considero un error manejar expectativas al nivel de aquella película, pues mientras que Batman sí es posible aterrizarlo a una historia casi "real", Superman obligatoriamente tendrá mucha exageración, de esa que le sobra a la ciencia ficción. No perdamos de vista que el tipo es un alien, lo cual lo coloca en otra esfera muy distinta y, a huevo, fantástica. No tiene quite.

Sin embargo, el director Snyder y el guionista David S. Goyer se las arreglaron para darle explicaciones racionales a aspectos del personaje que nunca antes el cine se había obligado a analizar. Así nos enteramos que Superman vuela no porque sí, sino en virtud de determinadas propiedades de la atmósfera terrestre; que la S en su pecho es un símbolo kriptoniano; que la Fortaleza de la Soledad está en el polo porque ahí se estrelló una nave venida de su planeta de origen; que la muerte de Jonathan Kent tuvo un sentido (¡por Plutón, qué escena tan poderosa!); que Jor-El hizo a su hijo el depositorio de toda la esencia de su raza, de su cultura, de su legado; que la escogencia del oficio de reportero tiene mucha justificación, pues le permitirá a Clark estar cerca del peligro y hacer preguntas sin levantar sospechas.

Por otro lado, lo que más le aplaudo es el atrevimiento, el "faltarle el respeto" al canon, a esos aspectos que se consideraban sagrados del personaje y que nadie se atrevía a contradecir. Este es un Superman muy lejos de ser perfecto, bastante contrariado y con mucho rollo interno; dueño de muchas preguntas y pocas respuestas. Este es un Superman falible, uno tan humano que sufre como cualquiera si alguien se mete con su mamá y que, puesto en la encrucijada, hace lo que ninguno de sus predecesores en el cine pudo: matar.

La muerte de Zod a manos de un deseperado Kal-El es un lujo que se da Snyder, incluso en contra del consejo inicial de Nolan. Superman no es asesino, no está en sus genes, y al contrario de Batman su sangre no es fría. Sin embargo, ponerle fin a la vida de Zod fue una situación extrema, sin opciones ni espacio para la negociación. Sin duda el haber tomado una vida en sus manos será un tema central en la continuación de un héroe que finalmente volvió para bien (vale decir que el debate desatado por este tema ha sido tan divertido como interesante de seguir).





A partir de acá, estoy seguro de lo que viene será mejor. Man of Steel era la película para hacer el gasto, la de los antecedentes necesarios para entender al héroe y su mundo, parecido a como pasó con Batman Begins. Yo no sé ustedes pero la primera película de la trilogía de Batman me sigue pareciendo apenas la entrada para la obra de arte que le seguiría con The Dark Knight. Así, no es arriesgado pensar que la continuación (llámese Superman 2 o Liga de la Justicia) será muy superior, más si tomamos en cuenta que ya se dejó claro en la película que Lex Luthor y Batman existen dentro del universo de Kal-El (¿y qué decir de Superchica y la sospechosa cámara vacía que Clark encuentra dentro de la nave congelada?).

Además de las pistas propias del mundillo geek, la película también exhibe, sin mucho pudor, simbolismos que retratan a su personaje principal. Ahí queda para el análisis el cúmulo de paralelismos con Jesucristo (se revela a los 33 años; es enviado por su padre a sacrificarse por otros; las poses celestiales al volar; el deseo de dejar pasar el cáliz). Y eso se vale, es esperable: Jor-El lo advirtió, y su hijo sería visto como un dios.

Otro rasgo destacable de Man of Steel es haber hecho borrón y cuenta nueva a la franquicia, obligándonos a todos a partir del hecho de que Superman es algo nuevo para la humanidad, tanto dentro de la trama como para quienes estamos en la butaca. Sin guiños a la conocida banda sonora de John Williams, sin un colocho colgándole de la frente, sin una reportera ganadora del Pulitzer que no es capaz de reconocer al amor de su vida cuando anda lentes, sin calzoncillos rojos...

Para lograr todo esto Snyder siguió la misma receta que Nolan le aplicó a Batman, en lo que respecta al talento. Si recordamos cuando empezó su trilogía del caballero de la noche, Nolan escogió como titular a un Christian Bale respetado pero aún sin estatura de megaestrella, rodeándolo de un reparto de soporte increíble, con nombres de la talle de Gary Oldman, Morgan Freeman y Michael Caine.

En el caso de Superman, el estelar es un actor desconocido para el gran público, el inglés Henry Cavill. Por esto, como escuderos cuenta con estrellas más maduras al estilo de Russell Crowe; Kevin Costner, Diane Lane; Laurence Fishburne, y Christopher Meloni. Quien siento se queda un poco corta es Amy Adams en su papel de Luisa Laine.

Entre Crowe y Costner se sostiene buena parte de la película. Como los padres (biológico y adoptivo) de Superman, sus personajes irradian sabiduría, sentido común y un espíritu protector envidiable. Aún así, es con el buen Kevin –genial que esté recuperando su nivel– con el que se dan las mejores escenas, sea la de su muerte en el tornado o la muy entrañable en la que contempla a su hijo, aún niño, jugar con una capa amarrada al cuello.

En cuanto a Cavill, el traje le quedó a la perfección y su innegable belleza es un gancho fulminante para el público femenino (hacía rato no oía tantos buenos comentarios sobre la apariencia de un actor). El suyo es un retrato creíble de un ser increíble... y del que espero ver mucho más.

Si bien las metas en taquilla están más que cumplidas, Man of Steel gana en otro terreno: el de la credibilidad. Esta es la película que Warner Bros. y DC Cómics necesitaban con urgencia para ponérsele al corte a Marvel, para volver a competir. No fue la trilogía de Batman la que dictó el tono de cómo será en adelante el universo cinematográfico de los Súper Amigos. No, ese trabajo le tocó a Superman y será en esa línea que se darán las llegadas al cine de la Mujer Maravilla, Flash, Aquaman y el regreso de Linterna Verde.

Superman dio el primer paso. Lo que viene será aún mejor. Vaya que sí.