lunes, 7 de mayo de 2012

Bob Dylan en Costa Rica: los misterios gozosos



Empecemos por lo obvio: decir que vimos en vivo a Bob Dylan en un lugar tan pobre –acústicamente– como nuestro herediano Palacio de los Deportes es un reflejo de ese Macondo que es Costa Rica.

Uno de los músicos más grandes del planeta se presentó en un escenario al que, hay que decirlo, no le tenemos cariño. Todos guardamos recuerdos épicos del Nacional, del Saprissa, del Morera... hasta del Rosabal. Y hablamos de recuerdos no relacionados con futbol, sino artísticos. Sin embargo, del Palacio, ¿qué? Recuerdo cuando casi morimos aplastados con los Cadillacs, en un concierto sobrevendido, y ya... conciertos menores, algunos bonitos, otros no tanto pero eso... menores.

Y entiendo que a Evenpro no le quedara otra que irse al recinto florense: Dylan podrá ser un dios viviente pero bien sabido es que lo suyo no es masivo y un estadio tico le habría quedado enorme. Y en vista de que carecemos como país de una sala de conciertos de aforo mediano, pues ni modo, a Dylan lo vimos en el mismo escenario de la Teletón (solo en Costa Rica, insisto).

No me quejo, para nada: para sorpresa de todos, el Palacio se comportó a la altura. Mérito del equipo técnico, que acondicionó el lugar con unas telas que beneficiaron tanto en lo estético como lo acústico. Y así, todos bien sentados, recibimos a Foffo Goddy, el bien atinado telonero de la noche.

Arturo Pardo es mi amigo y sé que su música está para exportarse. Verlo en un escenario grande, ante miles de personas, me llenó de orgullo, al igual que a sus papás, que en las sillas del lado gritaban y aplaudían ante el bien sacado espectáculo de su retoño y Daniel Bissinger. Mi pieza predilecta de Foffo Goddy Between the World and Me (aka My Window) fue la primera, así que no tuve tiempo de grabarla. Por dicha la estricta seguridad del dúo de folk acústico (así lo catalogaron en las notas de prensa) se aflojó un poco y me permitió grabar en video un par de sus temas.



Arturo estaba un poco ofuscado, dado que se le reventó una cuerda. Yo le dije que tranquilo, que honestamente no se notó (digo, el público tico no escucha banjo todos los días) y que, por el contrario, el saldo debería ser positivo para ellos, dado que se enfrentaron a una audiencia que de fijo (casi) no los conocía y que al final los premió con aplausos sinceros, bien ganados en una faena tan poco apreciada como la de servir de plato abridor.

Pasó un ratito y sin ninguna introducción, Dylan estaba ante nuestro ojos. A mí se me hizo irreal: el señor influenció a todos los artistas que admiro, la historia del rock and roll prácticamente se ha construido sobre sus hombros, graba discos como un endemoniado y con más de 70 años no se ve que tenga ganas de parar, de retirarse, de llevarla suave. Bob Dylan, el escritor, el narrador, el trovador, el mero mero estaba ahí, a solo metros de distancia.

Después de los pelllizcos de rigor me di el gustazo. Phil Rodríguez –cabeza de Evenpro– me lo dijo al final del recital: "Hoy comimos caviar". Y tiene toda la razón. Dylan nos dio un conciertazo, un espectáculo de primer mundo, un chivo que en otras latitudes implica desembolsar cientos de dólares. Es como que la Capilla Sixtina viniera hasta nosotros y se exhibiera en el pleno centro de Chepe.

¿Disfrutó la gente del concierto? Depende. Dylan no es un artista que busque o ocupe reinventarse, por lo que no anda en las de Santana o Tony Benneth, sacando discos cargados de all-stars que lo catapulten en Billboard. Dylan escribió las reglas, SUS reglas, y hace rato se maneja por su propia lógica, la cual no es la del mercadeo o la fanfarria. Dylan no saluda, no da las buenas noches, no pierde tiempo en habladas sobre el país que visita, para él el rato sobre escena es valioso y lo destina por entero a roquear como si mañana fuera el fin del mundo.

A mí personalmente me entra flojo si Bob Dylan no saluda: no estábamos ahí para eso. Admito, además, que no he sido fan a  muerte suyo y que lo que manejo de su repertorio son los lugares comunes, los éxitos, que llaman. Y fue ahí que comprobé que al buen Bob los éxitos le entran flojo.

Dylan toca para darse gusto, SU gusto, a sabiendas de que el público disfrutará, en distintos grados de intensidad, del espectáculo. Yo me maticé, casi como recibiendo una clase magistral, no solo de parte de él sino de una banda de ejecutantes increíble, músicos con porte de mafiosos que descargaron blues bravísimo, intenso, imparable, sin dar espacio a la audiencia ni para aplaudir.

Eso fue algo bueno de la ausencia de "éxitos": nos concentramos en la música. Sin motivos para gritar a lo loco, nos dedicamos a poner atención. Dylan caminó poco, apenas la distancia entre su teclado y el centro del escenario, pero sudó la gota gorda: ese hombre que enseñó a todos, que dio la pauta a seguir sigue sudando rock and roll. Su característica voz es poco clara y si a eso le sumamos un repertorio de puros misterios –gozosos, eso sí– pues mayor el reto para uno como escucha. A Dylan el público fácil debe darle pereza, pues él le pide a la gente estar atenta, concentrada... metida en la vara.

Hablo, claro, que desde mi butaca de oyente ocasional, de uno de los miles que estaban ahí no tanto por convicción, sino porque era imperdonable no ver a una leyenda si tiene la cortesía de visitarnos. Claro que otra gente la pasó en grande, especialmente el montón de gringos con vestigios hippie, muchos de ellos extasiados ante aquella extraña visión de su origen en medio de su hoy contexto tropical.

Tampoco vamos a ser tan injustos de decir que Dylan no tocó "éxitos"... a su manera, claro está. Por eso fue divertidísimo escuchar al Palacio tratando de calzar con el tempo desacelerado de Like a Rolling Stone o reconociendo Blowin' in the Wind hasta que Bob llegó al coro.



Si me preguntan, me pareció un concierto único, algo raro y casi que didáctico. Nunca escuché en vivo una lección de blues así de buena y hoy tengo la satisfacción de haber visto en vida al maestro de maestros, al mae que escribió y vivió el rock como ningún otro. Músicos grandes le sobran a la historia del rock and roll... pero Bob Dylan es el único que nunca bajó los brazos, que no contento con ser una leyenda ambulante se comprometió a darlo todo, a seguir con las botas y el sombrero puestos hasta que la sangre se detenga.

Vi a Bob Dylan en mi terruño. Lo escuché, a metros de distancia, cantar un montón de canciones que yo no me sabía... y esa es una satisfacción que me la llevaré a la tumba.

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