
En el 2010 escribí sobre el tsunami de emociones que me provocó, a miles de kilómetros de distancia, la Selección argentina. Hoy escribo sobre lo mismo, con la diferencia de que la albiceleste se paseó por delante de mis narices, en mi propia casa, y exponiendo en cuestión de tres días lo mejor y peor de vivir en Costa Rica.
La primera vez que utilicé el "Malditos argentinos" en un título, lo hice a pura emotividad, por culpa de apellidos como Maradona, Verón y Palermo, cuando creí que su periplo sudafricano podría, contra todos los pronósticos, llegar a buen puerto. Hoy la sele argentina no los incluye y, por el contrario, presenta a muchos nombres que mis conocimientos intermedios en futbol no manejan. Pero ahí, inamovible, sigue el epicentro del futbol de aquel país, un pequeño jovenzuelo que es sinónimo de excelencia y perfección cuando de patear una bola se trata.
Lio Messi puso de cabeza a mi país.
Messi fue el amo y señor de Costa Rica durante tres días, a pesar de que sus apariciones públicas fueron pocas y efímeras. Sabíamos que el 10 estaba entre nosotros y con eso nos bastó para entregarnos al pandemonio.
Desde que los suramericanos llegaron a nuestro país para enfrentarse a la Tricolor, Messi se volvió el objeto de todas las miradas. Bien podría parecer que se nos salió el maíz pero en este caso creo que cualquier "polada" se justificaba: en un país que desayuna, almuerza y cena futbol –a pesar de su aborrecible campeonato local– la sola presencia del mejor futbolista del orbe disculpa cualquier exabrupto.
Por eso entendí que la gente montara campamento fuera del hotel, que una caravana de curiosos siguiera a la albiceleste a donde fuera, que los medios se tiraran de cabeza, que Messi nos robara la paz y que él solito fuera mucho más grande que nuestro nuevo Estadio Nacional.
Hoy, terminado el partido, muchos, muchísimos, escupen sapos y culebras, tanto contra Messi como contra su entrenador, el Barcelona, la AFA y cualquiera que tuviera que ver con la "oscura" conspiración tejida detrás de la no actuación del pequeño gigante. Hoy Messi es un juega'evivo, un patán, un crecido, un ingrato que no se dignó a correr sobre nuestro césped, a no complacernos con sus pases mágicos y sus goles metafísicos, a pesar de "saber" que lo hemos esperado toda la vida.
Los ticos somos amantes puretes: al mínimo "desprecio" mandamos el amor al carajo y lapidamos a quien antes nos inspiró. Y creo que quien menos culpa tuvo en este culebrón fue el propio Messi.
Argentina vino a jugar un partido de fogueo y eso hizo. Dirán que fue un equipo "suplente" pero dejemos de jugar de culazos: nos enfrentamos al cuadro más competitivo que le ha tocado a la Sele desde que llegó La Volpe, con jugadores todos de grandes ligas europeas, incluyendo fichas del Barcelona y el Real Madrid, un equipo "B" que es mejor que cualquiera de la Concacaf. Ayer vimos a un cuadro patrio que se midió en términos iguales con uno de los grandes del planeta fútbol y, en lo personal, el partido me gustó, me emocionó, me mantuvo atento y, por 90 minutos, me olvidé que Messi estaba en la banca.
Messi no jugó, mala suerte. Su ausencia no me tomó por sorpresa, pues era una posibilidad latente desde que se supo que Batista lo había convocado. Messi es un activo millonario, uno al que hay que cuidar y chinear y que se entiende que le den descanso al menor malestar físico. Si es de estar molestos, más me indignó que el entrenador suramericano no incluyera a Zanetti, Cambiasso y Di María, jugadores de talla mundial que estaban en plenitud de condiciones y que enfrentar hubiera sido un lujo para nuestros futbolistas.
Ser Messi es complicado y si bien todos envidiamos su talento, su dinero y su leyenda, sí podemos decir que tenemos algo de lo que él carece: intimidad. En el estadio todos estuvieron encima suyo, al punto de que el acoso de nuestra malamansada prensa casi termina en un zafarrancho con sus guardaespaldas. Además, no debe ser bonito ser el jugador que opaca a sus compañeros... en el hotel los arqueros argentinos pasaron lirondos por el lobby y nadie les dio bola, pues lo único que importaba era ver a la Pulga. Tanto nos cegamos que para nuestros efectos, aquí no vino Argentina, sino Messi y su comparsa.
Hoy le reclamamos a Messi que no fuera más "gente", como si por su condición de ídolo estuviera obligado a firmar cuanta servilleta le pongan por delante, saludar a todos los que le tiran besos y tener un encuentro con sus fans en el food court del Mall San Pedro. Messi no le hizo un feo a nadie, no insultó a ningún tico ni irrespetó al país al no jugar. Si el chavalo para un segundo a dar una declaración, una tropa de comunicadores lo aplasta. Es más que lógico que se mantenga alejado de los molotes.
Messi es un muchacho cuyas únicas extravagancias se le ocurren con los pies sobre la cancha del Camp Nou. Más patético y patán me parece el modelito de Cristiano Ronaldo o el endiosado de Beckham. Messi aquí se reunió con un grupo de niños ticos en su calidad de embajador de Unicef y firmó cuando objeto le plantaron los pocos dichosos que lograron brincarse el blindaje que otros han puesto a su alrededor.
Además, en nuestra inmensa hipocrecía le reclamamos que no fuera más accesible, pero no le perdonamos a nuestros seleccionados más jóvenes que le pidieron autógrafos al final del partido. Puta, por Dios: ahora resulta que un futbolista deja de ser profesional por pretender un recuerdo de su encuentro con el mejor en su oficio. Me alegra que los chamacos de la Sele tuvieran la oportunidad de estar unos segundos, cara a cara, con Lio, que le dieran la mano, se tomaran la foto y cuando estén viejos le puedan contar a sus hijos que esa camisa que cuelga en la sala tiene la firma del más grande de todos los tiempos. Maldito país de envidiosos y acomplejados, en el que aplastamos –empezando por la prensa– a cualquiera que muestre espontaneidad e ilusión.
Anoche, para mí, el juego Costa Rica - Argentina fue positivo en lo futbolístico, en el espectáculo y puso en evidencia un lado lindo del tico, que es medio mozote pero sincero, iluso y divertido. Sin embargo, hoy, tras la resaca futbolera, el sabor que me queda es ácido, pues de nuevo somos los reclamones enchilados que no soportamos cuando otros no entienden que Costa Rica debería ser el centro del universo. Y aún así decimos que los pesados son los argentinos.