sábado, 15 de octubre de 2011

Un jueves de choques y pantalones rajados...



No soy un carajo superticioso pero el jueves pasado en serio valoré darme un baño en la pileta de agua bendita de la Basílica de Los Ángeles.

El que la fecha fuera 13 me parece solo una cruel coincidencia, la menos significativa de muchas que se me atravesaron en el camino ese día. Aunque salí bien temprano ("mañaneando tempranito", decía Chema), las calles heredianas no ayudaron mucho: el "flujo" (que no fluía) vehicular parecía enyesado por lo que, al igual que todas las mañanas, me dispuse a avanzar a pura primera, de a poquitos y haciendo gala de mi (poca) paciencia.

Cruzar el semáforo de Paseo de las Flores en las mañanas es una prueba salida del libreto de The Amazing Race. Son más de 500 metros de fila en la que uno mastica maldiciones contra los audaces (según ellos) que, a contravía, procuran saltarse la cola y hacerse, a la brava, un espacio al puro frente, justo un microsegundo después de que la luz pasó de rojo a verde.

Verde. Los carros empiezan a moverse... me faltan como 50 metros para el cruce y es evidente que tendré que esperar al próximo ciclo del semáforo. El de delante se mueve, yo meto primera y justo en lo que piso el acelerador, a mi izquierda, con el rabo del ojo, veo venir un carro que trata de adelantarme y ocupar los tres metros de aire que me anteceden.

El choque fue inevitable. Más que un choque fue un beso, con aquel Toyota restregándole el costado derecho a la parte delantera izquierda de nuestro carro. No alcancé a avanzar ni medio metro. El sonido del plástico al quebrarse fue espantoso. Llevé a mis labios la peor maldición que pudiera decir (soy bueno para eso)... y me la tragué: no venía solo.

En mi vida de conductor me he visto involucrado en tres colisiones, ninguna de mi responsabilidad. Cuando aún vivía con mis papás, un joven médico me arreó por detrás en el cruce de la Panasonic, a altas horas de la noche. Me comió la pollada, no supe bien qué hacer y acepté la oferta del imprudente de no llamar al tráfico y arreglar todo por las buenas. Esa noche llegué a la casa con el carro de la familia chocado y mi papá ardió en cólera, lo cual era lógico. Afortunadamente el chocón apechugó y pagó la reparación del bumper.

Años más tarde, a 300 metros de mi casa, en San Francisco de Heredia, un animal se olvidó de usar los frenos y se estrelló contra la parte trasera de nuestro carro. Yo lo vi venir y, dado que era el último en una presa, solo acaté a agarrar duro el volante, apretar los dientes y cuadrarme para el pichazo. Y fue un pichazo. El idiota llevó la peor parte: andaba en el carro de la hermana, no usaba cinturón, su cabeza transformó el parabrisas en telaraña. Esa vez sí llegó la policía, el INS y por espacio de casi un año tuve que perseguir, acosar y amenazar a aquel maldito con tal de recuperar el deducible. Además, el estúpido de atrás nunca se enteró que esa tarde era mi graduación de maestría, a la cual me obligó a ir sin rasurarme y pagando taxi desde Heredia hasta San Pedro. A Dios le pido que el tal Max ya no tenga licencia... no se la merece.

El jueves pasado me volvieron a chocar, solo que esta vez Emma iba en el asiento de atrás. No nos pasó nada (creo que ella ni sintió el golpe) pero para mí fue insoportable el que alguien, por mera irresponsabilidad disfrazada de premura, hubiera puesto en riesgo a mi hija. "Papi, ¿qué pasó?", recuerdo que preguntó mientras yo enfocaba toda mi furia hacia el carro que intentó clavarse delante nuestro.

Hoy, con la cabeza más fría, lamento mucho de lo que le dije a la señora, a pesar de que la razón estaba de mi lado. La responsable iba atrasada para una reunión –a la cual de todos modos no llegó– y eso la impulsó a brincarse toda la fila del semáforo, con la pésima suerte de terminar estrellándose. Me reconoció que era una estúpida y le di la razón. Creo que le dije imbécil, no estoy seguro. Perdí la cordura y mostré mi peor faceta, esa que todos llevamos dentro, dizque escondida, y que estalla cuando nos llevan al borde.

La espera de los inspectores (el de tránsito y el de seguros) nos permitió ser el platillo visual de los miles que iban saliendo de Heredia. No, no se siente bien ser uno el protagonista del choque. Estamos acostumbrados a ser nosotros los testigos, los que frenamos para echarnos el rollo, que hacemos conjeturas sobre quién tuvo la culpa y en cuánto saldrá la torta.

Afortunadamente todo se resolvió bien: la señora no se escondió y asumió lo que le tocaba, el carro está en el taller y yo he imitado al papá de Mafalda, contando una y otra vez los detalles del percance. Aún tengo leves brochazos en mi memoria de una vez que a mi papá lo chocaron a la par de la iglesia de Zapote, cuando yo tendría unos 6 años y andábamos en un Fiat Polski, en una época en la que los cinturones no eran obligatorios y a los chamacos no nos amarraban a busters. Dudo que Emma vaya a recordar algo de su estreno en las estadísticas de colisiones de tránsito, una en la que ella mantuvo la cordura que le faltó a su papá.

Y sí, está bien, chocar es gacho pero, ¿por qué tanta lloradera al inicio del texto si no hubo una racha de mala suerte? Insisto, el que fuera fecha 13 es coincidencia pero uno no puede dejar de cuestionarse por qué putas el mismo día que a uno le chocan el carro también se le raja, de cabo a rabo, su jeans favorito (en un episodio aparte). Al  oír el característico sonido de la tela al rasgarse y sentir una corriente fría que entraba por donde no debería, fue inevitable preguntarme cuál fue el pie que puse de primero al bajarme de la cama.

Dado que un carro chocado y un jeans rajado en el trasero son anécdotas y hoy pude llevar a Emma a su clase de natación igual que todos los sábados, estoy seguro que ese jueves 13 me levanté con el pie derecho... y estoy agradecido por ello.

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