lunes, 1 de agosto de 2011

Macho que se respeta... no sabe qué es una llave Allen



Escena 1:

-Jefe, ocupo de esos palitos negros, en forma de ele, que sirven para aflojar tornillos.
-Ah, una llave allen
-Supongo...

El chino de la ferretería me dedica una mirada que mezcla burla y compasión. Acostumbrado a atender a hombres fornidos, olorosos a pintura y madera y que como nada se echan un saco de cemento al hombro, los inútiles como yo le resultamos bichos raros dentro de su establecimiento.

-¿Quiere un juego de llaves de verdad o uno chino?
-¿Cuál es la diferencia?
-El precio... el chino cuesta ¢750
-Deme uno de esos...

No, no soy el target de Epa, ni de Ferreterías Brenes o el Buen Precio. Creo que le he dado suficientes motivos a mi papá para sentirse orgulloso de mí, aunque no dudo que a estas alturas aún debe darle risa que lo llame cada vez que algo se descompone en mi casa. "Pá, ¿por qué no se vienen a almorzar hoy? Nada más acordate de traer el taladro".

Las artes industriales nunca fueron para mí. Siempre odié esa clase en que para muchos compañeros el soldar un aro de básquet con varilla de construcción y una platina era la máxima prueba de habilidad manual. En la casa de mis papás aún deben de andar rodando el descuadrado servilletero y el horrible candelabro, evidencias patéticas de mi paso por el taller del profe Mano'e Perro.

Aún así, como buen macho que se respeta, en mi casa tengo una poderosa caja de herramientas, llena de objetos cuyo uso no conozco pero que este que escribe necesita, pues son indispensables cuando de salvar el día se trata.

Escena 2:

-Hay que llevar a arreglar el mueble del cuarto de Emma...
-Tranquilidad, ya compré un juego de llaves allen: ¡yo lo arreglo!
-¿No será mejor llevarlo donde alguien que sepa?
-¿Cómo que alguien que sepa? Yo ya vi cómo se arregla eso, es fácil.
-(Suspiro de resignación)

Mónica me dedica una mirada que mezcla frustración y simpatía. Las esposas, con su inmenso amor, son las primeras en bajarnos de la nube: "mi amor, usted es un gran esposo y papá pero esto de las reparaciones no es lo suyo"... y uno emperrado en demostrar lo contrario, aunque en el fondo estoy absolutamente seguro de la veracidad de aquella sentencia.

En mi primer trabajo regular, durante unas vacaciones navideñas en tienda La Gloria, alguien tuvo la genial idea de ponerme a arma un triciclo, seguro porque el papá del mocoso obsequiado era tan inútil como yo y exigió llevarse aquel objeto del demonio ensamblado. La tarea, instrucciones en chino en mano, me tomó toda la maldita tarde, me sudó hasta el último poro del cuerpo, terminé dándole martillazos al pedal para que quedara en su lugar y el saldo final fue de tres dedos cortados y dos arandelas sobrantes.

Escena 3:

-Buenas, ¿usted es el dueño?
-Sí
-Gracias. Es que quería ver si me puede ayudar a armar un mueble.
¿Cómo?
-Es que tengo un mueble en la casa que está malo y aunque sé cómo armarlo, creo que no tengo las herramientas correctas. Es este (le señalo el montón de piezas que hasta hace una semana era un lindo cambiador en el cuarto de mi hija, hoy apilado en la parte de atrás del carro).

El dueño de la mueblería me dedica una mirada que mezcla burla y compasión. Me da la mano para ratificar lo que ya sabe: este es uno de esos inútiles a los que les sale una ampolla con solo cambiar un bombillo.

-Eso es un quecazo.
-¿Para cuándo cree que esté?
-Ah, eso yo lo hago en un ratillo libre. Llámeme mañana.
-Gracias. Es que estas cosas es mejor dejárselas a alguien que sepa, ¿no?

3 comentarios:

  1. ja ja, lo mejor era por dos horas y media, escuchar cada vez que se caía el mueble en un intento de armado!!!. Sudado, sin camiseta, pero bueno fue un buen intento!

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  2. Lo entiendo, una vez yo me puse a armar mi escritorio y terminé con las manos destrozadas, a veces es mejor que todo venga armado :D

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  3. jajajaja... Diay sí, Vic, "al César lo que es del César"... Saludos,

    Katmarce--
    submarinopimienta.blogspot.cm

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